martes, 29 de marzo de 2016

A Miguel Hernández



Todos guardamos recuerdos, historias, que nos han hecho crecer, que nos han marcado para siempre. A veces no son demasiado nítidos. Otras, sin embargo, permanecen vivos en nuestra memoria, igual que si hubieran sucedido ayer.

Hoy, uno de esos recuerdos se convierte en mi pequeño homenaje a Miguel Hernández.






Para mí la poesía tiene un nombre que la define, que me ha hecho quererla, disfrutarla, entender muchas cosas, aprender de ella, ese nombre es Miguel Hernández. Y se concreta en un poema: "Las nanas de la cebolla".

Después llegaron otros poemas, otros escritores y llegarán más, muchos más.

Pero ese inicio viene de un recuerdo, de una niña con apenas 11 años que formaba parte del grupo de teatro del colegio, que sólo recuerda una representación y no fue una obra de teatro, fue una poesía. Cuatro alumnos, ella era uno de los elegidos, vestidos de negro en un escenario vacío. Estrofa tras estrofa, alternando sus voces, recitando "Las nanas de la cebolla".

Y quizás porque tenía unos profesores progres y rojos, como decían en aquella época, que le enseñaron la generación del 98 y la del 27. Que le contaron que a Lorca le fusilaron, que Miguel murió en la cárcel y que Machado falleció en el exilio. Que le enseñaron a pensar, cuestionar y elegir por sí misma.

Quizás por todo ello, esa fue una de las obras elegidas. La que le dio la oportunidad a aquella niña de conocer y aprender aquel poema. Conocer la historia que había detrás de cada letra escrita. Saber del sufrimiento, de sus ideas, de su lucha y de su ejemplo.

Y por ello ese poema y su autor le siguen emocionando, es al que siempre regresa, el que nunca desaparece de su memoria, el que, sin darse cuenta, hace que las lágrimas resbalen de sus mejillas. Un referente que nunca pierde de vista.

Es este un pequeño homenaje de aquella niña que ha crecido, ha madurado, que sigue aprendiendo y que no olvida ni quiere olvidar. Siempre en la memoria...



LAS NANAS DE LA CEBOLLA 

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

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